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Astana, la surrealista capital de Kazajistán

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Astana es una ciudad de mucho asfalto y edificios de arquitectura de vanguardia. En agosto de 2010 visitamos esta ciudad en constante desarrollo, que mezcla tendencias vanguardistas, desaires soviéticos y arte oriental, articuladas por ríos de asfalto de anchura hiperbólica y escaso tráfico. Una ciudad que ha ganado terreno a la estepa a base de asfalto, ladrillo y cristal: cuando se alcanzan los límites de la ciudad, ésta se acaba de golpe y hasta la nueva ampliación de presupuesto. Una ciudad irreal. No parece existir un núcleo antiguo en Astana, parece que todo ha sido construido de nuevo en la última década. Todos esos dólares que tanto faltan en el oeste del país, y que allí se generan, están aquí rascando los cielos con formas arquitectónicas psicotrópicas fruto de proyectos con presupuesto en blanco.

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Tras instalarnos en el hotel, a media tarde decidimos salir a caminar sin rumbo por la ciudad y a admirar la opulencia de cerca. Durante tres horas anduvimos por las enormes calles de Astana, fotografiando y captando la esencia del lugar. Pero no existía tal esencia. Era imposible que existiera. Anduvimos desde el monumento a los caídos cercano al hotel, bordeando el canal fluvial, hasta el río Ishim. De repente, pasabas por una agujereada cancha de baloncesto en la parte trasera de una pequeña barriada y, al girar la esquina, apareces de nuevo en un paseo al lado del río, repleto de canoas y deportistas navegando. Pasabas por un puente que bien podría estar diseñado por Santiago Calatrava y aparecías en una enorme plaza con una bandera kazaja de unos setenta metros de altura ondeando al contraluz de la tarde. Al fondo, un imponente edificio de estilo neoyorquino se alza rompiendo la armonía, junto a la avenida Kabanbai Batyr, una avenida de unos ocho carriles que discurre al margen de otra barriada de casas bajas. En el cruce con la calle Donayev giramos a la izquierda, ya inmersos en la nueva Astana, repleta de embajadas, centros comerciales y otros edificios en construcción completamente vacíos de gente. Las distancias son enormes. Es imposible que este entorno se humanice nunca. De repente suenan las sirenas y cruza ante nosotros el convoy presidencial. Al ver los coches que calzan, me doy cuenta de que no se mueven mucho de aquí. El coche del presidente, si sale de Astana, se rompe al momento en el primer agujero.

El calor es aplastante, ya han caído dos litros de agua en apenas dos horas. Aparecemos ante el Ministerio de Asuntos Extranjeros, donde podemos apreciar la perla de Astana: la torre Bayterek. Una enorme y estilizada torre blanca coronada por una bola dorada. En ella, en medio de la sala que hace las veces de mirador, está plasmada la mano de Nursultán Nazarbáyev, el hombre que lleva en el poder desde el desmiembre de la URSS. Está llevando a Kazajistán hacia el nuevo mundo. Lo está convirtiendo en una potencia y un enclave estratégico gracias a su posición en el centro exacto de Asia. Las riquezas naturales de Kazajistán lo convierten en uno de los más prósperos países, y este presidente ha prometido a todos los kazajos la felicidad para el año 2020, siguiendo un estricto programa político que, para llevarse a cabo, debe estar guiado por si mismo. Es por esto que ha adoptado medidas varias para eternizarse en el poder.

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Según me informé en su debido momento, Nazarbáyev mantiene el equilibrio diplomático entre Occidente y Rusia. Ha abierto los pozos del país a las compañías petrolíferas de Estados Unidos, favoreciendo un desarrollo económico a partir de la inversión extranjera. Pero es criticado por la limitación de las libertades personales y la supuesta manipulación de los medios de comunicación, en gran parte controlados por su hija Dariga Nazarbayeva. Como todo buen dirigente político, ha sido acusado de corrupción y apropiación indebida de fondos públicos. Que no falte. Pese a ello, también ha recibido elogios de gobernantes extranjeros por sus logros económicos y la estabilidad que ha vivido el país desde la caída de la Unión Soviética. Nazarbayev ha promovido también la construcción de grandes obras de ingeniería en el país, y ha sido el responsable de la decisión de trasladar la capital nacional de Almaty a Astana, alejándola del polvorín que dibujan las aleatorias fronteras trazadas por Stalin en el valle de Fergana y ubicándola en una zona tan estable como deshabitada. En resumidas cuentas, este presidente está introduciendo a Kazajistán en la liga de los grandes a marchas forzadas, con la fe ciega puesta en el hecho de que si consigue que la economía se liberalice en los términos más extremos del capitalismo salvaje, de rebote la población se verá beneficiada por un aumento del nivel de vida.

Volviendo al hotel por unos desolados solares en construcción, paramos a comer en un restaurante. Comemos una excelente ensalada de verduras y unos pinchos de cordero muy sabrosos, típicos de aquí. Todo por sólo 3.300 tengues, unos 17 euros.

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Al día siguiente, nos acercamos a un centro comercial para comprar unos pantalones para seguir el viaje, pues se nos han roto unos. En Astana hay decenas de centros comerciales que, en un sábado por la mañana como hoy, están vacíos. Es normal, porque aquí no hay suficiente gente como para llenar ni siquiera uno de estos centros. Pese a estar en Asia central, y como suele suceder siempre, el centro comercial es un viaje en el tiempo, un paréntesis espacial, un nodo de conexión con occidente. Parecen hechos con moldes. Tenemos a las mismas marcas vendiendo la misma ropa al mismo precio, por lo que entiendo que no tengan ningún cliente. Encontramos unos pantalones y, antes de partir, hacemos una parada en el supermercado para cargar comida y agua. Hacia el mediodía, con la furgoneta lista y la energía bien renovada después de un día de descanso sin conducir, tomamos la carretera hacia el noreste, dirección a Pavlodar, con las ganas y las ilusiones puestas en cruzar cuanto antes a Rusia y a la magnífica Siberia.


Esta entrada es un fragmento del libro “22 días, 11.111km. Rally a Mongolia”,
relato del Mongol Rally 2010 del equipo From Lost To The River.

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